
Es innegable la mágica importancia que le damos - y que de hecho tiene - al nacer. Es el primero de muchos pasos en los que aprendemos del bién y del mal. Es la primera de muchas copas en las que bebemos el elixir de la dicha y del dolor. Es el primero de tantos gestos en los que esbozaremos sonrisas y hasta lágrimas. Es el comienzo de una unión inmensa de sentimientos y acciones que nos formarán y preparán para un final único e inevitable.
Si consideramos en éstos términos la tan grande importancia del nacer, es ineludible tocar la tan igualmente grande magia del renacer, pues es el levantarse después de un paso tambaleante que nos ha enviado al piso. Esta experiencia nos lleva en el futuro a saber escoger la copa con el contenido que no nos dañe, cuando aún recordamos el dolor causado por una errada escogencia pasada.
Es el secar nuestras lágrimas, sonreir al futuro y lanzarnos de nuevo al encuentro de la inmensa unión de los mil caminos del mundo con el optimismo y el amor necesarios para poder hacer las cosas bién, o por lo menos, para tener el suficiente ánimo de volver a intentarlo, una vez más, hasta llegar al sitio deseado

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