
Corría jadeante hacia su casa y sus pulmones ya querían reventar; sus piernas olvidaban el cansancio y seguían su rítmico accionar con una velocidad tal, que dejaba admirado a Pedro Elías, quien nunca se creyó capaz de correr tan rápido. De vez en cuando miraba atrás y se veía forzado a correr más aprisa. No veía el momento de llegar a su casa para allí defenderse de su persecutor. El sudor que bajaba por su frente algunas veces le nublaba la vista. La gente, asustada, le abría camino en la congestionada acera. Pedro Elías se alegró al divisar, por fín, a lo lejos, su casa. Ya no sentía sus pulmones ni sus piernas. Experimentaba la sensación de ser un mutante sin extremidades, que era arrastrado por alguna fuerza oculta hacia un lugar anhelado.
Al llegar por fin a su casa, abrió la puerta, entró y la cerró con violencia. Cruzó la pequeña antesala, subió las escaleras pisando cada tercer peldaño, entró a su alcoba y se encerró con llave.
Creyó poder respirar, pero sus pulmones se negaba a hacerlo. Extenuado, deslizó por la pared su espalda mojada de sudor, hasta quedar sentado en el piso. Miró sus piernas temblorosas y cerró los ojos, tratando quizá de olvidar. Poco a poco el aire entró en sus pulmones, pero el sudor seguía bajando por sus pálidos cachetes.
Abajo, en la puerta principal, se sintieron unos golpes y unos arañetazos que pretendían arrancar la cerradura. Al sentirlos, Pedro Elías se extremeció y el hielo invadió sus venas. Sus piernas intentaron correr, pero no encontraron espacio para hacerlo. La puerta crujió y poco a poco, con un chillido penetrante, se fué abriendo; se oyó un paso y luego la puerta se cerró. Pedro Elías, resignado, dejó que sus párpados temblorosos y húmedos se juntaran.
Los pasos ya subían las escaleras, con calma, como si quien los daba saboreara el desespero de Pedro Elías. Sonaron tres golpes cortos en la puerta de la alcoba y Pedro abrió. El maldito visitante, con una sonrisa maligna, penetró la alcoba y Pedro, con odio en su mirada, se recostó en la cama.
- ¿Por qué viniste? - Preguntó Pedro.
- Porque era necesario que tu estuvieras solo. - Contestó el visitante.
- ¡Estoy mejor sin tí!
- ¿De verdad lo crees?
- ¡Tengo que salir!
Pedro se incorporó de su cama y brincó hacia la puerta, pero una fuerza extraña le mandó un paso más atrás y otro más y otro, hasta que se vió acurrucado en el último rincón de su recámara, como un niño temeroso que se esconde del castigo de su padre.
- ¡Quiero salir! - Gritó llorando.
- ¿Para refugiarte entre la gente?
Pedro Elías se incorporó lentamente y secó sus lágrimas con el dorso de la mano y se tendió boca abajo en su cama.
- No soy un prisionero y tengo derecho a hacer lo que me da la gana. Quiero salir. - Murmuró Pedro.
- ¿Para que la gente te hable?
-¿Y que saco yo con hablar solo?
Su visitante sonrió y le miró con tristeza.
- Está bien. - contestó. Sal a la calle y mezclate con la gente, conoce el vino y el cigarrillo, habla de política en un bar, súbete a un bus y aguanta pisadas, estrujadas y frenadas. Camina por la calle y mira los rostros de la gente. Penetra con tu mente en la mente de tu amada. Piérdete en el lecho de una desconocida. Entra en una sala de cine y habla de Dios con quien lo quieras. ¡Vamos, sal a la calle! Allí verás, si pones atención, que muchos como tú, huyen de mi compañía, pero también que otros ya la han aceptado. Vamos, sal a la calle y vive hoy, que en la noche, cuando vuelvas a casa, te haré compañía, yo, la soledad.
viernes 29 de febrero de 2008
Soledad - Diciembre 1983
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada