viernes 29 de febrero de 2008

Un hombre

Un hombre que mira directo a los ojos, su mirada tranquila, profunda, interroga sin afanes y en medio del silencio y del bullicio habla sin palabras, acaricia sin manos, escucha el corazón. Nunca baja su mirada siempre digna.
Un hombre que es dueño de si mismo y no pretende serlo de nadie más. No teme expresar sus sentimientos, temores, afanes, dolores, desconfianzas y esperanzas. No confunde sus sentires, los disfruta intensamente, los saborea y los digiere y así se funden con su cuerpo y con su alma. Igual sonríe, igual llora.
Un hombre que sueña despierto, no teme mostrar sus alas abiertas al mundo. Sus sueños le llevan a subir a la montaña más alta y con sus alas abiertas, fe en su alma y un propósito digno en su mente, salta al vacío, seguro de llegar a su destino aún a costa de sus defectos y virtudes. No ignora, y aun así, respeta las debilidades de su cuerpo, comprende sus limitaciones y en medio de esa comprensión amplía sus horizontes. Es fiel a sus sueños.
Un hombre aguerrido, feroz, inclemente en su lucha interna por ser mejor, por merecer su sonrisa en su imagen en un espejo, el abrazo fuerte y profundo de un niño, la mirada transparente y tierna de una mujer. Implacable con su fuero interno pero conciliador con su pasado, sus errores y pecados, tierno con sigo mismo en sus momentos de debilidad. Se abraza tiernamente en sus tristezas.
Un hombre que habla con prudencia, nunca miente, construye lazos con palabras claras conectadas mágicamente con su mente y con su alma. Su voz no se desgasta en abismos profundos, retumba en las paredes el eco cardiograma, llena de vida el eco lógico.
Un hombre que interroga a la vida, a los principios y sus finales, el por qué amanece antes de anochecer o el por qué anochece antes de amanecer.
Cuestiona, ahora sí, a su padre. Pregunta nuevamente a la respuesta dada a su pregunta, y nuevamente pregunta. Se cuestiona a sí mismo, por sobre todas las cosas, por sobre toda duda y toda certeza.
Un hombre que aprende y enseña por igual conocimientos, estrategias, locuras y presentimientos. Aprende que tocar y acariciar tienen una sutil y profunda diferencia cuando al enseñar a tocar, acaricia. Enseña que besar se escribe con zeta cuando aprende a rozar con su lengua delicadamente otros dientes. Enseña a soñar profundamente en medio de fórmulas matemáticas y a realizar cálculos frios en las experiencias espirituales. Enseñando es cuando más aprende y aprendiendo es cuándo más enseña.

1 comentarios:

Helènic Glauc dijo...

Buena prosa.
Muy interesante lo que escribes, te iré leyendo
Saludos desde barcelona.